17
Jun
Posted by 3,1416 in Sacando Punta. No Comments
Al hilo de la noticia del diaconado de Antonio Torres he estado pensando mucho en la importancia del servicio, especialmente en la Iglesia, entre nosotros los trinitarios, en nuestros grupos de jóvenes… Y recordé esta frase de Jacques Gaillot, que fue obispo en Francia y ha sufrido uno de esos destierros a los que suele castigar la “Iglesia oficial” cuando alguien dice o hace lo que no gusta. Uno de los libros más conocidos de este obispo se titula así: “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Nuestra esencia es el servicio, estar atentos a los que nos rodean, dejar que nuestra ternura se extienda incluso a quien no conocemos, confiar siempre, ¡confiar! Nos queda mucho camino… Porque si en algo nos caracterizamos no es precisamente en esto del servicio, y no significa que no hagamos cosas, porque ayudamos mucho a otros, somos seguramente la generación más solidaria que ha visto la tierra, nos conmovemos con el dolor y el hambre, con la muerte y el duelo de otros. Lo que ocurre es que esos otros suelen estar a muchos kilómetros de nosotros, y el servicio nos lleva precisamente a los que están más cerca, a los que vemos todos los días, a los que nos rozan, nos molestan, nos incomodan o nos alegran el día.
“Servir no es oficio de seres inferiores. Dios, que es la luz y la flor, sirve. Y cada día te pregunta ¿serviste hoy?” Estos versos de Gloria Fuertes me han dejado siempre fuera de juego, ¡Dios preguntándome si sirvo! Y yo suelo creer que sirvo para mucho, pero suelo olvidar que lo primero para lo que debo servir es… para servir, para ponerme a disposición del otro, de ese otro que está a mi lado, por supuesto; para entender, y ver, y oír el mundo desde él, o desde ella… Sigo creyendo que nos queda mucho camino por andar y que en la Iglesia solemos dejar eso del servicio a quienes sienten más ganas y menos repugnancia, a gente “vocacionada”, mientras aumentan los que prefieren “ser servidos”, estar en puestos de poder, a veces justificados con la razón de que permiten cambiar realmente las cosas, pero lejos, lejísimos, del servicio sencillo. Aumentan en la Iglesia los “hombres de negro” y disminuyen, como las hojas en otoño, los que prefieren la invisibilidad del servicio.
http://www.partenia.org/partenia_1996_2006/sp/index1.htm
14
Jun
Posted by 3,1416 in Trinitarios. No Comments
El pasado 13 de junio, en la parroquia Santísima Trinidad de Algeciras, recibió la ordenación diaconal el joven trinitario Antonio Torres. Fue una celebración llena de sentimientos, ya que muchos de los que hemos conocido a Antonio en estos años de formación pudimos acompañarle en este paso importante de su compromiso y opción en el seguimiento de Cristo Redentor.
Hace ocho años que Antonio comenzó su postulantado en Granada, desde entonces se ha preparado como religioso y como estudiante de teología para seguir respondiendo a las propuestas que Dios Trinidad le ha hecho en su vida. Una de esas respuestas se hace realidad al recibir la ordenació de diácono. Es cierto que en su caso se trata de un paso para recibir la de presbítero, pero el Obispo de Cádiz y Ceuta se lo dejó bien claro: “El diaconado es una opción por el servicio a los pobres y a la palabra de Dios”
Hay unas palabras que se usan en la ordenación del diácono, y que también escuchó Antonio, al recibir el libro del Evangelio de manos del Obispo: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero. Convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Leer, creer, transmitir y actuar. Cuatro verbos que resumen aquello por lo que Antonio se ha comprometido y que como trinitario le empujan a descubrir los lugares en que Dios le sigue llamando a ser redentor de cautivos. Felicidades Antonio.
12
Jun
Posted by 3,1416 in Sacando Punta. No Comments
Me parece muy interesante esta aportación de Juan Manuel de Prada, un autor que está “sufriendo” su opción por mostrar abiertamente su opción cristiana y de fe. Os la dejo para que reflexionéis, hay muchas puntas que sacar con estas palabras…
Una encuesta publicada por la revista “21RS” entre sacerdotes diocesanos ha proporcionado durante los últimos días diversas excusas para la comidilla periodística. Se ha insistido mucho, por ejemplo, en que hay curas que se declaran partidarios del celibato opcional, curas que adoptan posturas contrarias cuando se les pregunta sobre la recepción del Concilio Vaticano II, curas que se declaran de izquierdas o de derechas. Se descuida, en cambio, el dato esencial de la encuesta, el dato que hace palidecer todos los demás: noventa y siete de cada cien curas encuestados afirman sin dubitación que, si volvieran a nacer, elegirían otra vez el ministerio sacerdotal, volverían a dejarlo todo y a seguir la llamada que un día los convocó. Y esta respuesta tan abrumadoramente unánime nos sitúa ante la grandeza y generosidad de su decisión: más allá de cualquier discrepancia, más allá de preferencias ideológicas, estos curas se saben y se sienten curas, saben y sienten que no podrían ser otra cosa, saben y sienten que el sentido de su elección ha dado sentido a su vida y que, sin esa elección, su vida resultaría estéril e ininteligible.
La banalidad contemporánea puede regocijarse analizando los pareceres encontrados que esa encuesta manifiesta; en el fondo, ese regocijo es la expresión de una incomprensión supina. No hay personas tan radicalmente libres como los curas: la decisión que un día adoptaron los convirtió en hombres a contracorriente, hombres capaces de escuchar una voz interior entre el tumulto de voces confusas con que nuestra época nos aturde, hombres dispuestos a renunciar a formas de vida mucho menos exigentes a cambio de una felicidad difícil y puesta a prueba cada día; cuando se ha sido libre hasta tal extremo en lo esencial, es natural que se sea libre también en lo accesorio. Quienes hemos tenido la suerte de tropezarnos en nuestro camino con curas que desempeñan su ministerio con alegría y denuedo sabemos, sin necesidad de encuestas, que participan de las pasiones humanas, y que por lo tanto poseen opiniones muy diversas sobre asuntos que afectan accesoriamente a su ministerio; pero también sabemos que el fuego que alimenta su vocación es el mismo, sabemos que en lo que verdaderamente importa no hay entre ellos disensiones ni titubeos. Todos se saben, con orgullo y humildad, pescadores de hombres, ungidos por Dios para predicar la buena nueva. Se saben depositarios de una gracia que es testimonio de la fidelidad de Dios al hombre; y esa certeza les basta para vivir.
Sólo cuando entendemos la razón última de su vocación podemos comprender la naturaleza de su servicio. Sólo entonces entendemos el sacrificio de esos curas rurales que atienden media docena de parroquias en pueblos que ni siquiera figuran en el mapa; sólo entonces entendemos el pundonor de esos curas ya achacosos que siguen levantándose de la cama cuando suena un teléfono en mitad de la noche y una voz les requiere para administrar los sacramentos a un moribundo; sólo entonces entendemos el coraje de esos chavales que ingresan en un seminario, contrariando las inercias de una época que ha renunciado al espíritu; sólo entonces entendemos la epopeya anónima de tantos curas que se desvelan por los pobres, que se vuelcan en los ancianos y en los enfermos, que encuentran siempre un rato libre para donarlo a quienes se acercan a ellos en busca de consuelo espiritual. Yo he tenido la suerte de conocer a algunos de estos curas, he tenido la suerte de disfrutar de su amistad y de sentirme querido por ellos, de sentirme salvado por ellos. He tenido la suerte de compartir sus tribulaciones y de escuchar sus inquietudes; y he comprobado que, en su rica e inabarcable diversidad, son todos uno y lo mismo: hombres que han elegido servir a otros hombres, hombres que renuevan cada día el misterio de la Redención, que se calcinan en el desempeño de su ministerio sin pedir nada a cambio, en un ejercicio de generosidad insomne que nunca dejará de asombrarme. Son curas, sin adjetivos ni aderezos. El día en que dejaran de existir el mundo se apagaría, habría perdido la esperanza.
Juan Manuel de Prada. ABC 02.04.2007